Impacto total = i · m · u · P
i = impacto ocasionado por unidad de materia o energía utilizada durante el ciclo de vida del producto
m = total de materia o energía utilizada por producto o servicio
u = producto o servicio demandado por persona
P = población total que demanda el producto o servicio
Anteriormente tocamos el tema de la población total, y fue opinión de este blog que no existe una exagerada población en este país. Irónicamente se decidió realizar un primer vistazo a la segunda parte de la ecuación, la cantidad de productos y servicios que son demandados, justo en la semana de mayor consumo de productos. La u en la ecuación se refiere a la demanda. Hemos analizado con anterioridad el concepto de demanda latente, y continuaremos mencionándola posteriormente. Lo que analizaremos hoy es el verdadero problema de este país, y en sí, del mundo occidental y europeo: el consumo.
Salir el día de hoy a la calle implica horas de tránsito; salir el día de hoy a un centro comercial implica navegar un mar de gente y hacer al menos una hora de salida de un estacionamiento; es un hecho bien conocido que las ciudades, especialmente aquellas con alta densidad de población, durante la semana navideña se vuelven un caos (peor que el que de por sí ya son). Aunque tampoco critico a la gente, ellos deben realizar sus compras navideñas en algún momento, y desgraciadamente cuando viven en una economía esclavizante donde deben trabajar al menos 12 horas diarias para alguna corporación, es común que dejen todo para el último momento.
El concepto de consumo excesivo quizás pudo haber iniciado después de la Segunda Guerra Mundial. Recordemos que tras estos difíciles años de escasés los países se encontraban en crisis económica. Una solución se requería para reactivar la economía. Esta solución fue dada por el economista Victor Lebow en su Competencia de precios en el año de 1955:
"Nuestra economía enormemente productiva demanda que hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos la compra y uso de productos en rituales, que busquemos nuestras satisfacciones espirituales y de ego, en consumo".
Entonces se creó el consumo excesivo. Lebow, con su pequeño discurso, logró modificar la conducta de miles de años por la que hoy nos rige. Los corporativos comenzaron a producir de más y a vender la idea de que el consumo era bueno, y entonces nuevas teorías de consumo aparecieron.
Anteriormente se justificaba el consumo por medio de necesidades humanas, aquellas que eran finitas y escasas, pero constantes. Estas necesidades fueron categorizadas por Maslow, el cual las generalizó en necesidades materiales, sociales y de crecimiento. Las necesidades básicas incluían satisfacer las necesidades fisiológicas del ser humano, necesidades de seguridad, necesidades de afecto, necesidades cognitivas, necesidades de estéticas y en la punta de su pirámide, las necesidades de pico.
Posteriormente, el consumo pasó a formar parte de las teorías económicas. Ya no era una satisfacción de necesidades básicas, sino una forma de reactivación de la economía. La generación de productos y servicios otorga empleos, los cuales son remunerados, con lo cual la gente puede adquirir estos productos y servicios, cerrando un ciclo de consumo. Sin embargo, el ciclo tiene fugas, pues generalmente la gran masa de capital termina en manos de unos cuantos, aunque sean miles de millones los que trabajen.
Por otro lado, el ensayo de Lebow no fue sino abrir una caja de Pandora, liberando un monstruo enorme de miles de cabezas. Actualmente la gente consume por varias, y a su vez descabelladas, razones. Existe el consumo patológico, donde la gente consume al haberse creado una necesidad falsa, o bien como Lebow propuso, el consumo se ha convertido en una deidad a tal grado que comprar un vestido o zapatos nos hace sentirnos bien. Existe el consumo por adquisición de estatus, el cual consiste en consumir para sentirse superior a alguien a un grado tal que cambiar de teléfono celular, coche o computadora con menor periodicidad parece una necesidad primaria. Esto ha creado falsos valores simbólicos y una identidad social.
Existe, sin embargo, un consumo que se denomina ordinario, el cual hace que los consumidores se vean encerrados en ciertos productos o servicios de los que no pueden actuar como agentes de cambio. Cuando existe una gama enorme de productos en el mercado, el consumidor es capaz de seleccionar y dar preferencia sobre otra a ciertos productos. Actúa como dijera Darwin: los productos más consumidos sobreviven. Cuando el producto o servicio está encerrado, no existe competencia, por lo que no hay darwinismo. Estos productos y servicios son, por lo general, aquellos donde existe un monopolio de algún sector: energéticos (gasolina para coches y transportes públicos), servicios públicos (alumbrado en las calles, pavimento, agua, gas, luz) o bien, trámites gubernamentales (documentos oficiales, pago de impuestos, cualquier servicio de burocracia). Al final uno puede quejarse, pero no dejar de consumirlos, por lo que la mejora en un producto o servicio será siempre más lenta.
Existen entonces algunas soluciones que se proponen, cada una con sus contras y sus pros. Esto, sin embargo, se discutirá sucesivamente.